El Amo Eléctrico
Nuestra era virtual, llena de comunicaciones y de satélites utilitarios, ha generado un compañerismo cosificado que se canaliza hacia una dependencia absoluta del fluido eléctrico.
No poseemos menos que nada que no consuma electrones dentro de su interior, ya que se han reemplazado todas las acciones manuales y físicas en general con equipos y accesorios que minimizan el esfuerzo hasta el placentero sedentarismo.
Si bien en épocas anteriores las tareas consumían excesivo tiempo, organizando todo un tramado social para ejecutar las obligaciones cotidianas, en el presente es posible superponer las mismas acciones con las vanagloriadas máquinas, hasta con la posibilidad de que una sola persona operativa solucione su complejidad, permitiendo liberar tiempo para consumir ocio privado.
Contradictoriamente nos hemos liberado de responsabilidades productivas para entregarnos deliberadamente en las garras del patrón eléctrico. Tomar conciencia de su realidad no implica negar sus beneficios, sino que nos permite asumir que ante la falta de su energía no estamos preparados sencillamente para nada.
Con el advenimiento de la computarización del sistema social, hemos extraído hasta la memoria de las funciones cerebrales, reemplazando el deporte de la palabra muda -léase pensamiento- con el tacleteo de las ideas, orientándonos a converger la meditación en una concatenación de imágenes que iluminan a la reflexión, que finaliza cuando se paga la luz ocular.
Lentamente, pero con presteza, se han ido debilitando – …y se continuarán raquitizando!- todas las armas naturales del ser humano, sean la búsqueda de los conceptos trascendentales, el pensamiento descubridor, la destreza física y las demás herramientas de conquista en los conceptos universales de los valores humanos a desarrollar, tanto personales como de convivencia.
Esta exteriorización dependiente ha demostrado su utilidad en el desarrollo tecnológico y científico, cuyos avances son de alabar, ponderando sólo sus beneficios conjuntamente con la caída de las fronteras intelectuales, pero no establece un programa de emergencia ante la pérdida circunstancial de la base eléctrica del sistema, dejando librado al azar de la oscuridad sus pormenores, o a la habilidad inmoral de cada individuo.
La simple ausencia de la luminosidad nocturna a la que estamos habituados nos recoge en una pequeña premura que se refleja en la contracción de las acciones, paralizando nuestro sentido social hasta el regreso del sol, haciendo detonar la conciencia de la debilidad contemporánea cuyas consecuencias nos resultan desconocidas.
Pragmatizar éste hecho es indudablemente desechable, ya que imbuirse dentro de una imaginación cavernaria implica retroceder a lidiar con una gran cantidad de supervivientes de la calidad de vida “natural” a la que estamos ambientados, resultando posible de generar una sicosis más aguda que una pandemia.
Quizás el escudo mas sólido es el conocimiento, la concientización y la preparación eventual, ya que pertenecer al sistema no implica su integración, ya que la diversidad de objetividades es la que señala el tumulto de rumbos posibles en un mar de rutas y perspectivas.

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